Cambió el frío por un clima más agradable. Le permitieron sentarse del lado del calor oficial, justo en esa mesa que compartió con otros dos personajes políticos que forman parte del elenco estable presidencial. Lo de José Alperovich es algo parecido a aquella publicidad de Juan Román Riquelme. El gobernador de Tucumán está feliz. Y así comentó a todo aquel que se le cruzó tras su retorno de Buenos Aires. Cristina Fernández lo invitó a ser parte del selecto grupo de funcionarios que, el lunes, se sentó a almorzar con el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon. Los otros dos gobernadores que compartieron la mesa fueron el chaqueño Jorge Capitanich y el bonaerense Daniel Scioli.

Fue una prueba de fuego para Alperovich que, hasta no hace mucho tiempo, se sentía desorientado por los ataques de un ala kirchnerista que le cuestionó, a domicilio, la conducción política e institucional en la provincia. De todos modos, aún falta mucho para interpretar si la invitación del lunes es una tregua o, en el mejor de los casos, una señal de acompañamiento de la Casa Rosada hacia un tercer mandato del tucumano. La sonrisa gubernamental es limitada. Apenas Alperovich asoma por las ventanas del Palacio de Gobierno se encuentra con la cotidiana postal de aquellos sectores que aún no encuentran respuestas a sus reclamos. Jubilados y autoconvocados hacen la posta.

Las renuncias de los médicos a ciertos cargos no deja de inquietar al Gobierno, que suma preocupaciones tras preocupaciones, pero no salidas o soluciones a los conflictos. Pocos entienden cómo puede suceder que mientras los quirófanos de los hospitales se cierran, jornada tras jornada, el laboratorio político siga abierto para experimentar tal o cual proyecto con vistas a las elecciones de agosto.

Los acoplados de hoy pueden ser los autoconvocados de mañana. Nadie tiene garantías suficientes de que llegarán a uno de los cargos electivos en juego en los comicios del 28 de agosto. Menos si ese gran sponsor llamado Poder Ejecutivo les dará oxígeno como para que lleguen a la meta. Pero sí hay algo seguro: el 29 de agosto habrá miles de heridos políticos a quienes contener. Y ese es un riesgo que se corre por haber abierto tanto el tablero electoral. En el Poder Ejecutivo por estas horas han tomado conciencia del verdadero monstruo que se alimentó con tantos acoples. Seguramente habrá contención para aquellos dirigentes territoriales que se queden en el camino, mas no en el llano. Pero esta no será la suficiente como para cobijar a todos. Y eso si que es un problema si se piensa que el 23 de octubre próximo el resultado electoral debe ser el mismo o tal vez mayor que el que se obtenga en las elecciones provinciales de dentro de dos meses. Favor con favor se paga, dirían en la Rosada.

Mientras tanto, los candidatos hacen números y a la mayoría no le cierran las cuentas. Algunos calculan que con $ 20.000 (los que se postulan a ediles en municipios chicos) alcanza para llegar a la banca. Sin embargo, con el clientelismo que alimentaron los políticos cualquier suma aparece como ínfima. Hay quienes arriesgan que la "inversión electoral" debe rondar, en promedio, los $ 150.000. Y que eso puede recuperarse luego de asumido entre seis a 10 meses (con la remuneración que puede llegar a percibirse una vez que se ponga el traje de político). De todos modos, son simples cálculos de esa nueva profesión rentable llamada política.

Más allá de las peleas que se observan y las que vendrán en los días previos y posteriores al comicio, la única certeza que existe es que Alperovich llega con la liquidez de tantos años de bonanza que le aseguran votos para su tercer mandato gubernamental.